Andalucía, de costa a costa: En tránsito (y 2)

Por Pedro Ingelmo

Dos grandes olvidados en las infraestructuras, la Andalucía Oriental de Almería y el campo de Gibraltar de Algeciras, responden con dinamismo económico. El viaje en autobús nos lleva desde el artificio de las absurdas mansiones de Marbella a la verdad de un atardecer en Tarifa

Granada-Almería. 16,55 €. 19:14 horas.

“Se ruega a los acompañantes de los viajeros que no suban al tren”. Mientras se despiden los últimos acompañantes, la tarde se apaga sobre la nieve de Sierra Nevada y el tren arranca con un sonido sordo, vibrando, rechina, acelera, desacelera, se recompone y enfila camino de Guadix. “Es gasoil”. “¿Cómo?” “Que es un kinder, un tren diésel, que no está electrificado.  No hay catenaria, ¿no se fijó? Se lo digo porque como le he visto esa cara de extrañeza y veo que está leyendo sobre trenes”. El simpático hombre que está enfrente mía se presenta como Antonio y rápidamente me comenta que ha venido a Granada a comer con su hija, que es investigadora y que ahora tiene una beca para Bulgaria. Al decirle que vengo de Cádiz me dice que “claro, Cádiz sí es eléctrica. Aquí hace tiempo que se habló, pero la cosa se quedó en Marchena o por ahí”.

En los asientos a cuatro del otro lado del pasillo escucho un dado lanzándose. Dos mujeres y un hombre juegan al parchís. Más adelante una chica lee un libro de esos de hojas y tapas. No un e-book. Me siento cómodo en este tren al que algunos viajeros han decidido bautizar como el transiberiano porque los usuarios consideran que en 2012 recorrer 170 kilómetros en dos horas y 23 minutos es excesivo.

Más tardaban en 2003, el año negro de la historia ferroviaria. En julio de 2003 un mercancías chocó con el Talgo de Cartagena a la altura de Chinchilla (Albacete). Murieron 19 personas.  Fomento ordenó la reducción de velocidad en las vías de sentido único. La Junta, por entonces, demandaba a Fomento el recambio de los trenes TRD que circulaban entre Sevilla y Almería por los TRD basculantes. El compromiso de Madrid era reducir el trayecto Sevilla-Almería hasta las cuatro horas 45 minutos. El accidente de Chinchilla lo paralizó todo y los trenes empezaron a ir incluso más despacio. Hubo un descalabro del número de usuarios. A día de hoy, viajar de Sevilla a Almería sigue suponiendo una inversión de cinco horas y 40 minutos.

“Estos diésel son nuevos, mejoran un poquito los anteriores y bastante más a los camellos”. “¿A los camellos?” Los camellos han sido los trenes que se han enseñoreado en este trayecto durante casi dos décadas y eran conocidos así por sus jorobas, en las que iban los aparatos de aire acondicionado “y también por lo que se movían”. Le pregunto a Antonio que por qué sabe tanto de trenes. “Aquí todo el mundo sabe de trenes, sobre todo de los que nunca vinieron”.
Mi acompañante se baja en Guadix, donde ya es noche cerrada.  Investigo sobre Guadix porque Antonio me ha dicho que “aquí se bajaron los pantalones”. Encuentro información. Es una ponencia del profesor Rodolfo Ramos en  la que se afirma que en 1984 Andalucía perdió 220 kilómetros de vía que Renfe ajustició como “altamente deficitarias”. La Junta argumentaba que no eran rentables porque la infraestructura era tercermundista y se comprometió a invertir en ellas, pero no las salvó todas. Una de las que cayó fue la Guadix-Almendricos, una pedanía de Lorca, la única conexión férrea de Andalucía con Levante. En la web Euroferroviarios observo fotos del último trayecto, el 31 de diciembre de 1984, del tren Barcelona Granada, El Granaíno. Son fotos que amarillean, con todo el sabor de la época. Andalucía Oriental se sintió desairada. Ahora un tren nocturno une Barcelona con Granada vía Linares. Tarda once horas y media. El jugador de las fichas verdes mata y se cuenta veinte. Lento pero seguro el transiberiano llega a Almería.

Almería-Málaga.  17,09 €. 9:30 horas.

Cuenta Kapuscinski en su célebre Ébano que “toda África se halla en constante movimiento, recorriendo caminos y perdiéndose. Unos huyen de la guerra, otros de la sequía, los de más allá del hambre”. En la estación intermodal de Almería los africanos llenan los asientos de la sala de espera con rostros esculpidos. Parece que, eternos esperadores, el tiempo se mueve en ellos con una frecuencia distinta. Llevan grandes maletas, inmensas bolsas. En Almería los africanos -senegaleses, marfileños, marroquíes- se mueven a todas horas. No pueden ser sedentarios. Van allá donde haya trabajo y desde la estación de Almería puedes ir en autobús a muchos sitios. A Francia, por ejemplo. A Cataluña. Al Levante. Hay en la oferta comercial de esta estación un anacronismo, una tienda de CD. La música que se vende está en un gran cajón, sin orden alguno, y se mezclan los CD con  un mayor arcano, los musicassettes. Es la música del movimiento, artistas desconocidos, fuera del canon occidental, grandes estrellas del sur del sur.

El autobús con destino a Málaga viene de Barcelona. El trayecto lo cubre Alsa, heredera de La Ferrolicana, la diligencia que en el siglo XIX abrió el trayecto entre Luarca y Oviedo y que ahora es una de las principales empresas de transporte de pasajeros nacional. Es casualidad, pero, como si fuera Alabama, los subsaharianos ocupan los últimos asientos del autobús, los magrebíes los medianos y los nacionales los primeros. Me siento atrás.

El viaje se inicia en silencio rodeando el puerto con los ferries que te pueden llevar a otro mundo, a Nador. Pero un marroquí agotado con una cazadora del Athletic se sume en un profundo sueño e inicia un aria de ronquidos estremecedor que provoca que mis compañeros africanos se miren primero con complicidad y, al final, estallen en carcajadas, lo que les lleva a iniciar la conversación. Tras un arranque confuso se dan cuenta de que todos son senegaleses hablando distintas lenguas de ese país diseñado, como todo el continente, con el cartabón de Bismarck. Se acoplan trufando el francés de un español rudimentario que intercala algunas palabras comodín como “suerte”. Los sitúo tras los primeros 50 kilómetros. De los cinco, dos, bien vestidos, con buenas cazadoras de cuero, son veteranos y se dedican al comercio; otros dos, que van con camisa, pantalones y chanclas, han conocido lo que es estar bajo un plástico a 50 grados y respirando el irrespirable  dióxido de las plantas y un quinto es bastante novato. Quiere ir a Santander, allí están sus primos. No hay nada más importante para los africanos que un primo. A partir de ahí se produce una lección de geografía. Los veteranos le cuentan al novato lo que es Lérida, donde hay trabajo con las frutas; Aragón, donde están Huesca y Zaragoza, que no es mal sitio; y los vascos, Euskadi. “¿Euskadi?”, pregunta el nuevo. “Igual que los vascos. Los españoles dicen vascos y los vascos Euskadi. Euskadi, tienen otro idioma”. Y los cinco se ríen: “Ya, ya, como Senegal”. “Sí, como Senegal”.

Nos deslizamos entre esas estampas de plástico que dicen que se ven desde el espacio como la muralla china. Hay plásticos en lugares inimaginables cuya riqueza ha levantado en El Ejido elementos arquitectónicos extravagantes como un rascacielos enano. Pero no va a ser lo más extravagante que veamos.

La autovía, la A-7 que corre paralela por todo el litoral Mediterráneo menos por este Mediterráneo, muere en el túnel de Haureca y costeamos por la carretera antigua en el que proliferan las construcciones a pie de playa. El chófer detiene el vehículo en Los Yesos, un núcleo de no más de una veintena de edificaciones en plena playa y donde hay una grúa construyendo varias plantas junto al cartel inmobiliario en el que se ve un pez de colores, como de pecera, y el lema Será tu vecino en castellano e inglés. No creo que haya peces tropicales en las aguas que bañan Los Yesos, pero la intención del promotor  es clara. Este edificio que construyen no es que, como dicen en el anuncio, se encuentre en primerísima línea de playa: es que puedes poner un trampolín en el tercer piso y caes al agua. Reviso mentalmente si hay alguna excepción a la ley de costas que permita obras que desde el autobús contemplo en el litoral.

Atravesamos pueblos como Torrenueva bajo pancartas en contra de que su avenida sea una carretera nacional; Salobreña, donde se nos anuncia que allí hay pisos que se venden solos; Almuñécar, donde nos detenemos unos segundos en su coqueta estación albero; y Nerja, con su barco de Chanquete y sus alemanes ociosos viviendo su eterno veraneo. En cada lugar se han ido bajando los ocupantes de la parte de atrás y  media. A Málaga, que nos recibe con sol, paseantes de la playa y un crucero al fondo, sólo llega el senegalés  con destino a Santander y pisa, desorientado, la estación de autobuses, la más grande de Andalucía, con 36 andenes. Ya le queda menos para ver a sus primos.

Málaga-Algeciras.     12,70 €. 15:30 horas.

Almuerzo en uno de los dos bares de la estación una sabrosa rosada a la plancha mientras la televisión notifica el hallazgo de una tortuga de dos cabezas, lo que genera un entretenido debate entre la parroquia. La misma que ignora la sección de noticias sobre la corrupción. La rutina de la corrupción no puede competir con  una tortuga de dos cabezas. En la librería de ocasión de la estación se puede adquirir el Elogio de la locura de Erasmo por tres euros.

A Algeciras se dirige un pasaje nacional en la empresa Portillo, reina de la comunicaciones malagueñas. El paseo es por el volcán enladrillado de la Costa del Sol donde no es extraño encontrar, como en Fuengirola, una clínica noruega que trata con el gas de la risa la ansiedad y el miedo al dentista. O así se anuncia. Imaginación en los negocios. En el viaje se dan saltos de la  N-340 a la flamante autopista de peaje que ha desanudado el colapso de la que era una de las vías más transitadas de España. Este zigzagueo nos conduce por los alrededores de Marbella, salpicada de mansiones de diseño absurdo, legos de hormigón, torreones que emulan el Taj Majal, pagodas… Parece un  simposio de construcciones paridas en un congreso alucinógeno de arquitectos con síndrome eufórico. Es tal la exuberancia que se agradece el regreso a la autopista y la negrura de los túneles que agujerean la sierra que conduce a la provincia de Cádiz donde vuelven a verse prados que alfombran la entrada a uno de los grandes puertos de Europa, Algeciras, donde los contenedores que dan vida a esta ciudad frontera se elevan en el horizonte como un Manhattan de lata.

Algeciras-Cádiz.  12,70 €. 17.30 horas.

“¿Dónde está el que vende tabaco?”. No sé dónde está el que vende tabaco, pero supongo que muy lejos de esos cuatro policías que toman un refresco en la cafetería de la estación de autobuses de Algeciras, donde hay taxistas que tan pronto hablan entre sí en árabe como te dicen en un castellano sin acento a dónde vamos, señor. Se va el autobús de La Línea, quizá allí vaya el hombre del tabaco. Una mujer con hiyab toma una Pepsi con una amiga, igualmente magrebí, con moderna vestimenta occidental. Con ellas está una niña que hace aplicadamente los deberes en la mesa de la cafetería.  Las dos mujeres están muy atentas a un telenovelón vespertino que emite La Primera.

El autobús que me conduce a mi punto de partida, Cádiz, tiene como destino final El Ferrol. “¿Y cuándo llega?”, le pregunto al chófer. “A la una de la tarde. Galicia no está aquí al lado”. Sólo uno de los pasajeros, un joven que transpira descaro, hará la ruta al completo, por lo que el chófer pone las cosas claras desde el primer momento: “Vamos a llevarnos bien, eh? Empieza por quitar los zapatos del asiento”.

El Campo de Gibraltar siempre ha sido el gran olvidado de la provincia de Cádiz. No tiene tren a la capital y tampoco autovía, pero si eso tiene alguna ventaja es que en este viaje, cuando se desciende hacia Tarifa, en un atardecer nítido como éste, se puede embobar uno  ante la belleza que ofrece un Estrecho en el que las luces de la vecina Tánger se ven tan cerca que casi te alumbran. En la otra orilla, en el café Haffa,  que se desliza por una ladera, como todas las tardes, las gentes de Tánger se sentarán con un té a contemplar las luces de Tarifa. Saludo a los vecinos del café Haffa y me dejo mecer por el llanto del bebé que viaja con sus padres adolescentes detrás mía.

El autobús busca la autovía, que empezará en Vejer y desembocará en la lengua de tierra que ata San Fernando a Cádiz. En Cádiz, en su estación de autobús improvisada, un mendigo se ha construido en una esquina, con cartones, un notable refugio. Salgo a la ciudad a través de las escaleras mecánicas de la estación de tren, que tienen el cartel de siempre: “Fuera de servicio provisional por mantenimiento”. En realidad, estas escaleras no funcionan desde hace años.

Una Respuesta a “Andalucía, de costa a costa: En tránsito (y 2)”

  1. [...] los reportajes de Pedro Ingelmo. [...]

  2. julia dice:

    Impresionante como siempre. Un placer leer algo que nos muestra un mundo más real que la campaña que estamos sufriendo. Un diez