Candidato recurrente al Nobel de Literatura desde hace más de una década, pudiera parecer ahora que Bob Dylan consigue con el Príncipe de Asturias de las Artes el reconocimiento que la Academia Sueca le ha venido negando año tras año.
Sin embargo, vale la pena preguntarse si el galardón se lo lleva Dylan o los integrantes del jurado, quienes no sólo legitiman intelectualmente (¿a estas alturas?) el recuerdo de una obra que en el transcurso de medio siglo saltó de las catacumbas del underground folk neoyorquino, sacudida eléctrica incluida, a la pompa y boato de la consideración institucional, sino también sus propios recuerdos, el peso específico de unas lejanas vivencias entonces vistas por las generaciones precedentes poco menos que como una anomalía pasajera; las últimas vacaciones antes de caer, irremediablemente, en lo que aquellos jóvenes intuían la gris cotidianeidad de la madurez.
Que el rock es una manifestación artística plenamente asumida como tal por los estamentos expendedores de cartas de naturaleza cultural no es una verdad incontestable. Es más, en este país, todavía hoy, es una verdad a medias, cuando no una mentira. Pero el problema, me temo, no reside tanto en que nos sobren indocumentados empeñados aún en distinguir como infranqueables las murallas que, suponen, separan la música culta de la música popular –calificativos tan inexactos por separado como estúpidos cuando van enfrentados–, sino en que muchos de ellos están en situación (administrativa) de imponer su gusto como dogma de fe.
¿Necesita el rock, en cualquier caso, ese reconocimiento institucional? Evidentemente, no. Eso es tan cierto como que a los Príncipe de Asturias les hace más falta Dylan, autor el pasado año de un disco todavía tan maravilloso como Modern Times, que a Dylan el Príncipe de Asturias de las Artes.
A partir de ahí se podrán hacer todas las reflexiones posibles, desde discutir en torno a la difusa frontera entre poesía y canción –caballo de batalla para proclives y reacios a la concesión del Nobel– a denigrar los galardones asturianos por su indisimulada necesidad de impacto mediático. Ni siquiera faltarán, insisto, quienes desde su torre de cristal desechen definitivamente los premios del Principado convencidos de la injusticia de que un tipo como Dylan le levante el relativo prestigio y los 50.000 euros a Maria João Pires, a Frank Gehry, a Rafael Moneo o incluso a Andrew Lloyd Webber. Serán, seguro, quienes el pasado año no tomaron la misma decisión cuando ganó Almodóvar: la cultura pop, más que infiltrada, está ya fundida en el ADN de cualquier manifestación artística contemporánea, pero en la música, les cuesta reconocerlo. En fin, allá ellos.