En Blancas bicicletas (Global Rhythm, 2007), el ubicuo Joe Boyd, productor del fascinante Bryter Layter, bromea acerca de la inacabable nómina de émulos de Nick Drake surgidos con los años tras el fatal desenlace de éste. "El siguiente", espeta sarcástico, y aunque razón no le falta, tampoco sería justo concluir que, en efecto, desde entonces no ha crecido nadie capaz de medirse con aquel británico nacido en la hoy tristemente célebre Birmania. Y lo digo porque cuando uno comienza a escuchar Pagan Angel and Borrowed Car, el primer corte del nuevo álbum de Iron & Wine, siente básicamente la misma conmoción que embarga el ánimo cuando suena, pongamos por caso, Hazey Jane II.
Lo más llamativo es sin embargo que aunque las conexiones del hombre de hierro y vino, Samuel Beam, con Drake ya habían quedado reconocidas en un par de maravillosos títulos previos -The Creek Drank the Cradle (2002) y Our Endless Numbered Days (2004)-, fue su asociación con Calexico en el no menos recomendable In The Reins (2006) la que catapultó hacia el infinito la potencial ensoñación de sus melodías al contacto con un conveniente y convincente ropaje armónico (esto es, lo mismo que le ocurrió a Drake en el mencionado Bryter Layter).
Con Brian Deck en la producción y con el acompañamiento de un listado de músicos que quita el hipo -digamos que la sombra de Thrill Jockey es larga-, en El perro del pastor Beam juega ya con la pericia de un consumado tahúr la carta de un clasicismo folk-rock que ni renuncia a los hallazgos ni teme a las comparaciones con el pasado -ya sean las obvias y señaladas u otras agazapadas en cortes como Lovesong of The Buzzard, Carousel o The Devil Never Sleeps: Crosby, Stills, Nash & Young-. Y con esa seguridad, resuelve una mano de fantasía. Tanto que nadie se queda corto si afirma que The Shepherd's Dog es el mejor disco de folk-rock norteamericano desde el The Letting Go de Bonnie Prince Billy.
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