Manolo Martínez y Genís Segarra viven en un mundo propio en el que la más inesperada de las maravillas aguarda a la vuelta de la esquina. ¿Cabía esperar acaso que un universo como el suyo se expandiera hasta convertirse un referente del pop nacional?
Hoy, cuando ese pop cantado en español se reconcilia con su público natural después de muchos años de divorcio, resulta fácil decir que sí. Pero no lo era en 2000 -ni mucho menos antes-, cuando Mi fracaso personal los señalaba como otra deliciosa anomalía en una escena sin más rumbo que el dibujado a trompicones por francotiradores como ellos.
El tiempo les dio la razón. Gran fuerza (2001) y Performance (2004) conectaron con ese público natural, y resultó también que éste no era nada desdeñable, y que además estaba hambriento de un pop en español que no le sacara los colores. Éste, encima, le hacía brotar una sonrisa cómplice.
Ahora que flota en el aire una cierta sensación de reconquista, ahora que huele a napalm, digo, a victoria, Astrud vuelve con Tú no existes. Pero va a ser que sí, que no sólo existes, sino que además existen muchos como tú, oyentes que se congratulan de cantar una canción en su propio idioma.
Tú no existes es la paradójica demostración de cómo se puede avanzar sin moverse un ápice, no en cuanto a la variación o evolución estílistica contemplada desde una perspectiva formal -éste, por ejemplo, podría pasar por su disco más electropop-, sino en cuanto al valor de la tozudez, cuando, probablemente, ni siquiera es premeditada; cuando, posiblemente, no se vive como tal, sino como un Voy a seguir haciendo lo que me venga en gana. Y si me queréis encontrar, ya sabéis dónde estoy.
Vuelven las situaciones imposibles -Los otakus, Noam Chomsky-, los amores imposibles -Minusvalía-, las preguntas imposibles -El vertedero de São Paulo-, la ternura imposible -la nueva versión de Son los padres- y el presente imposible -Acordarnos, Por la ventana-. Vuelven unos textos imposibles de rimar, pero que terminan encajando con pasmosa naturalidad en esas melodías que llevan a la ilusión de la felicidad. Sí, en el mundo de Manolo y Genís, las maravillas aguardan a la vuelta de la esquina.