Con relativo retraso -se editó hace un par de meses- se asoma a esta ventana la hasta ahora última entrega de Andrew Bird, el prolífico músico de Chicago -cantante, violinista, guitarrista y compositor- que tras dejar atrás su etapa con Squirrel Nut Zippers, una banda inmersa en la ola neo swing que brevemente afloró en Estados Unidos durante los 90, inició una fructífera e imprevisible carrera con nombre propio. Fructífera porque hasta el momento se salda, al menos, con seis notables discos; imprevisible porque, quizás a excepción de ésta que nos ocupa, el centro de gravedad estilístico de sus trabajos ha ido oscilando de un género a otro -aquí el pop, allá el folk- dejándonos siempre, en cualquier caso, sobradas muestras de su talento como compositor e intérprete.
Armchair Apocrypha no resulta sin embargo soprendente por su viraje -no lo hay: comparte el mismo espíritu de su predecesor, aquel adictivo Andrew Bird & The Mysterious Production of Eggs (2005)-, sino por la delicada manera en que destila hallazgos previos. Hay en él algo de ese pop que no renuncia a mirarse en otros registros a la búsqueda de la canción perfecta -más allá de la fijación por el violín, existe una línea de conexión, por ejemplo, con Patrick Wolf, sólo que por completo libre de histrionismo-, un camino que ya emprendió hace tiempo David Byrne -basta escuchar Simple X para entender que la referencia no es gratuita- y que también al norteamericano le descubre hermosos paisajes.