Desde ‘El hombre que nunca estuvo allí’ su carrera cae en un desorden formal y estilístico del que parecía que nunca saldría. La vacuidad de ‘Crueldad intolerable’ y la prescindible versión de ‘El quinteto de la muerte’ presagiaban lo peor.
‘No es país para viejos’ los recupera para la causa en buenas condiciones, aunque lejos aún del relumbre de antaño, cuando su cine, acusado de superfluo y fatalmente clasicista, alcanzó cotas de genialidad en más de una ocasión.