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| Santiago Gómez Sierra. /José Martínez |
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Cuando en enero se convirtió en presidente de CajaSur bajó en el escalafón eclesiástico: de número dos de la diócesis, como vicario general, se quedó en capellán de las Esclavas del Sagrado Corazón. Oficia a diario la misa de siete para las monjas en el inicio de su jornada laboral.
Su vida ha cambiado desde que el Obispo de Córdoba, Juan José Asenjo, lo nombró presidente de CajaSur contra todo pronóstico. Tiene menos tiempo libre y su teléfono móvil suena mucho más. No se considera un banquero, sin embargo, sino un sacerdote que administra la responsabilidad de la Iglesia en la institución.
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Piensa que las cajas de ahorro no se pueden entender sin el papel de la Iglesia, y recuerda que los franciscanos crearon en el siglo XV instituciones parecidas para defender a los pobres de la usura. Santiago Gómez (Madridejos, Toledo, 1957) desciende de una familia de pequeños agricultores de La Mancha.
Su padre, Julián, y su madre, Angelita, tenían unas 20 fanegas de tierra, en las que cultivaban viñas, olivos y cereal. Ahora viven con su hijo en Córdoba. Estudió Filosofía y Teología en Madrid, antes de ser ordenado sacerdote en 1982.
Su atípica carrera se ha desarrollado siempre en Córdoba capital, salvo un período en que simultaneó sus tareas en el seminario provincial con la parroquia de Nuestra Señora de los Ángeles en Alcolea. Es el deán de los seis canónigos de la catedral de Córdoba, aunque en la ciudad todavía es conocido como ‘el párroco de la Trinidad’, cuya Obra Pía ha dirigido durante años.
Es un lector muy aplicado. En primer lugar de sus breviarios; tiene tres, en su despacho, en su casa y en el coche. Además se atreve con todos los best seller, para saber lo que le gusta a la gente. Sus novelas favoritas son El Quijote (1605) de Cervantes, La Regenta (1884) de Clarín y La insoportable levedad del ser (1984) de Kundera.
Le gustan las canciones de la transición, Jarcha sobre todo, y la música clásica, tanto extranjera (Mozart) como nacional (Falla). En cine, le dejó huella El nombre de la rosa (1986), sobre la novela de Eco; una historia que le desagradó, por la visión de una Iglesia “contraria a la alegría de la vida y del hombre”.
Es persona discreta y positiva. Sigue conduciendo su Seat Ibiza particular y por encima de cualquier plato servido en distinguidos manteles, prefiere la tortilla de patatas que le ha preparado siempre su madre. No ha viajado mucho, pero Roma está entre sus ciudades predilectas. La primera vez que se desplazó a la ciudad eterna fue para el nombramiento de cardenal de Antonio María Rouco (1998). Después ha vuelto varias veces.
Lo que más le impresionó en Roma fue acceder al Muro Rosso, de la tumba de San Pedro, bajo la cúpula del Vaticano. También los palacios papales, cuando los cruzó la primera vez en la visita di calore [de cortesía] a monseñor Rouco, el día de su creación como cardenal.
La vida de la Iglesia le parece impresionante: confiesa sentir la misma emoción en el Vaticano, que dando misa los domingos en la escuela capilla del barrio de Los Ángeles de Alcolea. Era cuando se dedicaba en exclusiva a oficios propios de los curas, que a su madre le gustan más. Ahora sostiene, sin embargo, que sigue en una misión de Dios. |
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