Relevancia política
 


El presidente ruso Nikita Khrushchev con Fidel Castro en 1960.


Fidel Castro y secretario general de la ONU, Kofi Annan en la convención del G77 delebrada en La Habana en abril del 2000.


El Papa Juan Pablo II entrega a Castro una reproducción del Cristo de la tumba de San Pedro del Vaticano en su visita a Cuba en 1998.

Uno de los últimos bastiones comunistas

El 26 de julio de 1953 brotó el germen de una revolución en Cuba. Aún no asomaba el sol por oriente cuando el hijo de un matrimonio burgués, llamado Fidel Castro, dirigió a un grupo de jóvenes guerrilleros hasta el asalto al cuartel Moncada. Probablemente, aquel abogado no imaginaba que se convertiría en el líder de una de las últimas repúblicas comunistas del globo. Y todo a pesar de que la incursión fracasó. Sin embargo, el espíritu de la revolución sería ya imbatible tras la victoria, el 1 de enero de 1960.

Eduardo Millán
El socialismo en la isla no queda instaurado oficialmente hasta abril de 1961. Esto coincide con la decisión de Castro de alinearse, en plena Guerra Fría, con el bloque soviético; algo lógico, ya que el país caribeño necesitaba el apoyo de una potencia mundial fuerte para hacer frente a los envites estadounidenses. Por otra parte, para la URSS la situación geoestratégica de Cuba era una oportunidad de estar físicamente cerca del país capitalista, al que podría amenazar cómodamente, como se vio en la denominada crisis de los miles.

La conexión Habana-Moscú. Sin embargo, esta relación no duraría eternamente: el fin de la Guerra Fría, la caída del muro de Berlín y el desmembramiento en 1991 de la URSS –que había sido el primer estado socialista del mundo-, dejaban a Cuba sola ante el gigante imperialista. Durante los primeros años de la década de los noventa, la gran mayoría de los estados socialistas del mundo dejó de existir.

En 1990 La República Popular Polaca retornó al multipartidismo y al capitalismo. Tras la desaparición de la URSS en 1991, los conflictos nacionalistas acabaron poco después con la República Federal Socialista de Yugoslavia; en los años sucesivos, los demás estados socialistas de Europa correrían la misma suerte.

A pesar de ello, Cuba, con el apoyo de algunos dirigentes como el venezolano Hugo Chávez o el peruano Evo Morales, ha sido capaz de resistir un bloqueo por parte de EEUU que se ha ido endureciendo con los años y ha visto gobernar a diez presidentes en dicho país. Más de cuarenta años después de la revolución, Cuba no ha dejado morir el espíritu del ataque al Moncada. La república se erige como uno de los últimos bastiones puramente comunistas, en un panorama global en el que ya no quedan titanes “rojos”, y en el que países socialistas como China o Vietnam se dejan seducir, poco a poco, por la economía de mercado.

El bloqueo. Un año después de que Castro declarara el estado socialista en Cuba, los Estados Unidos, obsesionados por la “amenaza roja” y deseosos de acabar con Castro y su modelo político, pusieron en marcha el bloqueo económico y financiero que aún dura hasta nuestros días. El fin de la Guerra Fría aún no se veía en el horizonte, de modo que tener como vecino a un país comunista no era precisamente una situación cómoda para la superpotencia.

Este bloqueo no surtiría el efecto deseado hasta la caída del muro de Berlín y la sucesiva desaparición del socialismo en el continente europeo. Hasta entonces, las buenas relaciones que Cuba mantenía con la URSS permitían a el país centroamericano obtener lo mínimo necesario para subsistir sin que el embargo causara estragos en el régimen castrista. En cambio, la extinción de la URSS y la creación de las leyes Torricelli y Helms-Burton en 1992 y 1996 respectivamente, convirtieron al embargo en un problema de primera magnitud. No sólo ha provocado un fuerte retraso en el desarrollo del país, sino que ha privado a los cubanos de alimentos y medicinas básicos.

Esta medida –que, según el vecino del norte, se tomó para liberar al pueblo cubano- ha sido muy criticada por casi toda la comunidad internacional. Las condiciones exigidas por EEUU para eliminar el embargo –tales como realizar elecciones libres bajo supervisión internacional o trabajar por el desarrollo una economía de libre mercado- hacen casi imposible una transición a corto o medio plazo para Cuba. Incluso los cubanos anticastristas – como Oswaldo Payá Sardiña, coordinador del Movimiento Cristiano de Liberación-, están de acuerdo en que el bloqueo debería desaparecer, puesto que éste no hace más que contribuir a la cohesión del régimen: gracias al embargo, el gobierno transmite a los cubanos que la isla es aún la víctima de una potencia extranjera.

Castro y la Iglesia. Si en el aspecto político Cuba es una nación dividida, todo lo contrario ocurre en lo que a la religiosidad se refiere. Gracias a la libertad de culto presente en el país caribeño, existe un crisol de religiones que conviven pacíficamente, aunque se estima que la mitad de la población es católica. También están muy presentes el sincretismo y la religión yoruba, cuyas raíces hay que buscarlas en los cultos africanos.

Si bien en los primeros años de la revolución las relaciones con la Iglesia Católica fueron tirantes, la visita del Papa Juan Pablo II a Cuba en enero de 1998 fue histórica tanto para el sumo pontífice como para Castro. Los ojos de medio mundo miraban al caribe para ser testigos de la llegada al país socialista del Papa que colaboró al fin del comunismo en Polonia. Sin embargo, el encuentro fue un ejemplo de entendimiento entre el Vaticano y el régimen cubano. La visita estuvo marcada por la condena por parte del Papa del embargo, aunque también se recriminó al dirigente cubano la falta de libertad de expresión y asociación o la encarcelación de algunas personas por razones políticas. Estas críticas fueron acogidas de buen grado por Castro.

El lazo dejado por Juan Pablo II aún sigue vivo. Tanto es así, que Castro invitó a Benedicto XVI hace unos meses a visitar la isla, además de pedir ayuda a la Iglesia para frenar el alto índice de abortos del país.

Una sociedad dividida. Durante más de cuarenta años al frente del gobierno de Cuba, Fidel Castro ha demostrado algo más que ser capaz de abordar los más largos discursos. Oratoria aparte, ha dado pruebas de poseer un carisma excepcional, y son muchos los cubanos que apoyan sin ambages al Comandante en Jefe. Sin embargo, a pesar de las restricciones en lo que a libertad de expresión se refiere -manifestar la oposición al comandante puede suponer, como poco, pena de cárcel-, su figura divide en dos el país caribeño.

La principal tesis de los que apoyan al comandante es que gracias al régimen es posible una Cuba libre del imperialismo americano. Y no dudan en alabar la política de Castro en materias como la educación –en la República de Cuba el índice de alfabetización roza el 100%- y la sanidad. Además, para el colectivo afín al régimen, el bloqueo por parte de los EEUU no es más que una prueba de la agresión que la superpotencia aplica a la isla de modo sistemático. Como dice la proclama: “Patria o muerte”.

Los anticastristas, en cambio, desean en su mayoría la implantación de la democracia en el país , y opinan que la situación cubana es insostenible: el control total que existe sobre los medios de comunicación, la presión que se ejerce ante cualquier iniciativa privada y la falta de libertad individual son sólo algunas de las razones que ofrecen. No en vano, se estima que desde el comienzo del régimen comunista entre un 15 y un 20 por ciento de la población ha huido del país.

Especialmente importante es la comunidad de exiliados cubanos en Miami. Estos, que no dudan calificar a Castro de "tirano", forman un grupo de gran influencia política en los Estado Unidos. No en vano son más de un millón los que tuvieron que rehacer sus vidas en el país vecino. El exilio se ha producido en cuatro oleadas: en un primer momento fue la clase adinerada la que huyó. Tras ellos, la clase media y los profesionales y propietarios de pequeñas empresas. En este punto el presidente Lyndon Johnson programó los "vuelos de la libertad", y en 1974 ya pisaban suelo americano más de un cuarto de millón de cubanos. La tercera oleada fue la que en 1980 partió del puerto de Mariel, tras los altercados que tuvieron lugar en la embajada de Perú en Cuba. Finalmente, la última oleada es la que aún hoy día protagonizan los balseros, que no dudan en arriesgarse a subir a cualquier cosa que flote para alcanzar una libertad que les es negada en su país de origen.