Biografía
 


Castro, aún convaleciente y vistiendo el chándal del equipo olímpico cubano, muestra el periódico Granma cuyo titular emula su histórica afirmación. / EFE


En esta casa del municipio lucense de Láncara nació en 1875 Ángel Castro, el padre de Fidel Castro, quien la visitó en 1992.


Fidel Castro (3º por la derecha) subido a un tanque durante los combates en la Bahía de Cochinos en abril de 1961.


Hugo Chávez, Fidel Castro y Evo Morales ondean las banderas de sus países amigos en la Plaza de la Revolución de La Habana.

¿Le absolverá la historia?

Nació pobre y creció como un niño rico, llegó al poder entre vítores y banderas de esperanza, para acabar convirtiéndose en uno de los dictadores más controvertidos del siglo XX, pero ¿qué esconde Fidel Castro tras su pose de comunista convencido?

Vanessa Del Cristo

Muchos de los que han estudiado la difícil personalidad del líder cubano apuntan que el héroe revolucionario que conquistó el corazón de su pueblo y de gran parte del mundo con exaltados discursos llenos de promesas de prosperidad, ocultaba ya con habilidad y malicia el gérmen de un tirano cuyo único objetivo era, como el de todos los tiranos, alcanzar el poder como fuese y a costa de lo que fuese. Nadie puede probar que así fuera, pero lo cierto es que si Castro quería un hueco en la historia, para bien o para mal, lo ha conseguido.

El hermetismo que Fidel Castro ha mantenido siempre en lo que respecta a su vida privada, sumado a sus actitudes y palabras contradictorias, hace muy difícil descubrir qué se esconde en realidad detrás de un dictador, probablemente el único de la historia, que, pese a sus barbaries y al hambre de su pueblo, ha recibido y sigue recibiendo el apoyo de personajes tan ilustres y socialmente respetados y apreciados en el mundo como lo fue Salvador Allende, o lo es Gabriel García Márquez. Apoyos que sin duda contrastan con el abierto rechazo y la crítica de otros tan cercanos como su hija o su propia hermana, que desde Miami han vivido soñando con ser testigos de su caída.

De ídolo de la juventud de los sesenta y los setenta, de mito, de ejemplo vivo de libertador y revolucionario comprometido, Fidel Castro ha pasado a convertirse – o descubrirse – ante el mundo como el dictador que siempre negó ser. Hijo bastardo de un terrateniente, criado como un niño rico sabiéndose pobre, sintiendo la ausencia del cariño de un padre autoritario y rígido, es muy probable que Fidel Castro creciera soñando con alcanzar el liderazgo y el reconocimiento suficiente que lo resarcieran de todos los dolores psicológicos de su infancia.

Un niño atrevido y un joven gángster. El 13 de agosto de 1926, en la cuidad de Mayarí, venía al mundo el tercer hijo extramatrimonial que el terrateniente de origen gallego, Ángel Castro, tenía con una cocinera mulata, Lina Ruz. Fue bautizado como Fidel Hipólito y sin el apellido de su padre, pese a que éste no le desatendió económicamente y costeó sus estudios en caros colegios privados. Es a los 17 años cuando Castro recibe el reconocimiento paterno y es registrado con su nombre definitivo: Fidel Alejandro Castro Ruz, del que resulta sorprendente el cambio de su segundo nombre, según cuentan, elegido por él mismo y que algunos destacan como uno de los primeros brotes de su megalomanía, llamándose a sí mismo como el gran Alejandro Magno.

Muchas son las historias que se cuentan sobre las tendencias temerarias que se perfilaban en su personalidad desde su más tierna infancia. Arnoldo Águila, por ejemplo, habla en su Resumen Radiográfico de Fidel Castro de un niño con “una constitución física excelente, que le permite sobrepasar a los demás con facilidad; una memoria totalmente fuera de lo común, que le permite realizar hazañas escolares que no pueden realizar sus condiscípulos, y en el trasfondo psicológico un rechazo de sí mismo que lo impele contra toda clase de muros, conjugado con una pasión telúrica de obtener poder sobre los demás, de hacer apuestas para demostrar que puede realizar lo que otros no se atreven”.

En 1950 se licenciaba en leyes en la Universidad de La Habana, de la que salía precedido por su fama de peligroso rebelde del que decían era capaz tanto de apuntar con un revólver a su profesor para que le escuchara recitar de memoria un libro, como de organizar el asesinato de algunos líderes universitarios, dejando él mismo correr los rumores sobre ello.

Fue sin duda en la universidad donde comenzaron sus coqueteos con la política, donde se empapó de las doctrinas fascistas en los textos de Hitler y Mussolini y donde demostró sus primeras ansias de poder aspirando sin éxito a la presidencia estudiantil de la Escuela de Derecho y de la Universidad. También allí descubrió el marxismo y comenzaron sus primeras militancias en partidos izquierdistas.

La Revolución y el Gobierno comunista. En 1948 se casaba con Mirta Díaz-Balart, con la que tendría su único hijo legítimo, Fidel Castro Díaz-Balart, y de la que se divorciaba en 1954 sin conseguir su objetivo de acercarse al general Fulgencio Batista, en cuyo partido militaba el hermano de su esposa y por medio del cual Castro quiso introducirse en el círculo del líder. No lo logró y, por el contrario, decidió unirse al Partido Ortodoxo, con el que aspiraba a convertirse en ministro de Eduardo Chibás, creyéndolo más capaz de alcanzar el gobierno democráticamente. Calculó mal. Chibás se suicidó y en marzo de 1952 Batista dio un Golpe de Estado que acabó con las aspiraciones democráticas de la Isla.

Fue entonces cuando Castro se lanzó, haciendo gala de su carácter irreflexivo, en un golpe contra el cuartel de Moncada, en Santiago de Cuba, secundado por un reducido grupo de completos desconocidos, los más de los cuales acabaron torturados y muertos por la respuesta de Batista. Fidel fue hecho prisionero y condenado a quince años de cárcel tras un juicio que probablemente le abrió las puertas de la historia, gracias a su discurso ‘La historia me absolverá'. Pero, tras 22 meses en la cárcel, en 1955, Castro y los suyos consiguieron una amnistía, con el apoyo del pueblo y el rechazo de los que le conocían de cerca.

“Fidel Castro no es más que un psicópata fascista, que sólamente podría pactar desde el poder con las fuerzas del Comunismo Internacional, porque ya el fascismo fue derrotado en la Segunda Guerra Mundial, y sólamente el comunismo le daría a Fidel el ropaje pseudo-ideológico para asesinar, robar, violar impunemente todos los derechos y para destruir de forma definitiva todo el acervo espiritual, histórico, moral y jurídico de nuestra República”, fue parte del premonitorio alegato que esgrimió su excuñado, Rafael Díaz-Balart, buscando inútilmente que se le denegara aquella amnistía que consideraba el principio del fin de la Cuba de Batista. No se equivocaba en su temor y probablemente tampoco en sus predicciones, que cerraron su discurso con palabras que hoy podrían atribuirse a un visionario: “Creo que esta amnistía tan imprudentemente aprobada, traerá días, muchos días de luto, de dolor, de sangre y de miseria al pueblo cubano, aunque ese propio pueblo no lo vea así en estos momentos”.

Tras la amnistía Castro se exilió a México, donde conocería al Che Guevara y donde comenzaría su plan para La Revolución. Allí fundó el grupo Movimiento 26 de julio que, bajo la bandera roja y negra y con el apoyo creciente de los ambientes estudiantiles y del Partido Popular Socialista, intentó un nuevo asalto frustrado el 2 de diciembre de 1956. Diversas guerrillas recorrieron Cuba durante 1957 captando seguidores y menguando las fuerzas del general Batista. Finalmente, en diciembre de 1958 y tras dos años de guerra, el M-26 se aventura en una marcha sobre La Habana para desalojar a Batista del poder, ahora que Washington lo había dejado solo y sin armamento.

En medio del delirio del pueblo y ondeando las banderas de la moralización, el nacionalismo y el antiimperialismo, el 8 de enero de 1958, Castro entraba triunfante en La Habana, apoyado por el Che y por su hermano Raúl Castro, para tomar el control de su país. La Revolución había triunfado. Falta saber qué es lo que realmente consiguió Fidel aquel día, ¿liberar a su pueblo de la opresión del dictador Batista o aplacar las ansias de poder que, como voces cercanas han señalado, bullían en su interior desde temprana edad?

Castro aúna desde entonces bajo su mando a todas las organizaciones revolucionarias en lo que en un primer momento se conoció como Organizaciones Revolucionarias Integradas, que daría paso al Partido Unido de la Revolución Socialista y que acabaría llamándose Partido Comunista Cubano. Sin embargo, el 8 de mayo de 1959, en la Plaza de la Revolución en la Habana, Fidel lanzaba un discurso que resulta cuanto menos desconcertante observado hoy con la ventaja que da la historia: “¿Es que acaso pudiera alguien pensar que somos hipócritas? Entonces, cuando decimos que nuestra revolución no es comunista, ¿por qué ese empeño en acusar a nuestra revolución de lo que no es? Si nuestras ideas fuesen comunistas lo diríamos aquí”.

¿Mentía entonces Fidel o ha mentido después? Y, lo que resultaría más interesante aún conocer, ¿es Fidel Castro realmente comunista, o simplemente fue el comunismo la ideología que mejor se adecuaba a sus intereses tal y como había apuntado su cuñado?

Lo cierto es que en abril de 1961, ante la inminencia de la incursión norteamericana en la Bahía de Cochinos, Fidel Castro declaraba el carácter socialista de la revolución, afirmando el 2 de diciembre del mismo año, “¿Creo en el marxismo? Creo absolutamente en el marxismo. ¿Creía el primero de enero? Creía el primero de enero. ¿Creía el 26 de julio? Creía el 26 de julio”. Ponía Fidel Castro así el colchón mullido sobre el que caería la Unión Soviética para prestar su ayuda a una pequeña isla estratégicamente colocada a las puertas del castillo de su gran enemigo.

Bloqueo, misiles y ¿cabezonería? En febrero de 1962 Kennedy intenta presionar a Castro para que se aleje de la órbita comunista, imponiendo un embargo económico sobre la Isla que ha sido mantenido y hasta reforzado por los diez presidentes que le han sucedido en el gobierno estadounidense. Es entonces cuando Fidel abre las puertas de su casa a su gran benefactor soviético para que instale cohetes con cargas atómicas apuntando a Estados Unidos. Durante 13 días el mundo tiembla ante la inminencia de una guerra nuclear. Castro, sin embargo, azuzaba a los rusos, prodigando nuevamente su temeraria inconsciencia, para que lanzaran los misiles, afirmando en una carta enviada a Khrushchev “si ellos llegaran a invadir Cuba, ese sería el momento de eliminar para siempre semejante peligro –por dura y terrible que fuese la solución”. La diplomacia salvó al mundo del cataclismo, pero no a Cuba de su libertador.

Durante casi treinta años la URSS hizo de Cuba el paraíso comunista, ideal de jóvenes y románticos que alababan el esplendor de una tierra que había ‘tenido narices' para plantarle cara a la hegemonía norteamericana y que conseguía sobrevivir pese al bloqueo, con un pueblo que convivía en igualdad, donde la sanidad y la educación pública eran un ejemplo envidiado por medio mundo, donde se decía que se formaba a los mejores médicos del planeta, donde parecía que sí había triunfado el sueño de Marx. Pero en 1991 la Unión Soviética había muerto y con ella quedaron sepultadas las comodidades en Cuba, donde, por contra, salieron a la luz las deficiencias de un régimen que muy probablemente jamás habría sobrevivido por sí solo.

La caída de su apoyo en Moscú sumió a Cuba en la miseria, incapaz de sobrevivir por sus medios a un bloqueo que dura ya 44 años. Pese a ello, Fidel Castro no ha querido soltar el bastón de mando, ni democratizar el país, ni trabajar a favor de una apertura de fronteras que tan bien le hubiera venido a su economía. ¿Cabezonería? ¿Exceso de confianza en sí mismo? ¿Locura? ¿Narcisismo? Hoy, Fidel Castro sigue siendo para muchos el héroe de las ‘causas internacionalistas', benefactor de las revoluciones en América Latina, defensor comprometido de la lucha de Salvador Allende y principal baluarte en la pugna antiimperialista de la Venezuela de Chávez y la Bolivia de Morales. No obstante, cabe preguntarse si, después de casi medio siglo en el trono que el mismo se erigió, seguirá confiando en que realmente la historia será capaz de absolverle tal y como anunció con soberbia hace más de cincuenta años.